CUANDO SE MOVÍAN LAS CASAS

Los niños ven la vida de una manera completamente diferente; para ellos los miedos se suscriben a su entorno. 

Aventurarse más allá de la esquina es desafiar todo un reto en el que se desafían los límites territoriales impuestos por la madre. 

A los pequeños les gusta explorar, saber a qué sabe la tierra mojada, pues en su olor que se mete por la nariz y llega hasta los huesos, un olor que debe ser reconocido a través de las manos, la cara, la lengua, un olor que bien vale la pena el regaño, los gritos de abuela y hasta el no deseado baño. 

Las tormentas les gustan sin rayos, esos monstruos brillantes que vienen a espantar el sueño y a provocar pesadillas en donde antes todo era diferente, esos sueños color de rosa; hasta los relámpagos les cambia el estado de ánimo. 

Poniéndoles tan tristes como el gris del cielo que presagia tormenta. Pero no siempre es así... 

¿O si? 

¿No has visto alegres chiquillos jugando y despreocupados bajo la densa continua de agua forjada por alguna lluvia primaveral? 

Las niños que juegan sin importarles el qué dirán, cuando la adolescencia y los pudores todavía no se hacen presentes en un universo lleno de inocencia, un universo que quizá sea volteado de revés por algún adulto sin escrúpulos que aleja a la infancia de sus juegos y los lleva al mundo de las responsabilidades; un mundo en el que hay que trabajar para comer, un mundo que los niños no deberían conocer. 

En ese entonces, viajar era una experiencia buena, cuando ni siquiera se tenía una bicicleta para aprender que era el movimiento. 

Los monstruos camiones eran un temor más que una ilusión; el subirse a ellos ya implicaba un drama, y el trasladarse a algún lugar era una pesadilla tanto para la madre como para el pequeño, ese pequeñito flaco temeroso que no se quería asomar por la ventana del camión. 

Una ventana que significaba una puerta hacia lo desconocido, hacia un mundo lleno de casas y ventanas en donde los muñecos no lo podrían defender, un mundo lleno del que se movía rápidamente mientras un autobús iba a una velocidad, y un pequeño que veía el mundo al revés y temía un día salir… 

Temer salir de su casa y ya nunca encontrarla, un niño que creía que las casas se movían y que se refugiaba en el regazo de su madre mientras sus hermanos disfrutaban del viaje, una pequeñito que nunca sintió el viento en su rostro y que ahora, cuando viaja en autobús, quiere pensar que son las casas las que se mueven, solo para hacerse la ilusión de que él no es igual a los demás. 

Que él si sabe el secreto de las cosas y que aunque aparentemente sea como todos, guardado para sí la verdadera esencia de las cosas. 

Y que además, también les tiene miedo a las tormentas.

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