ESTA mañana
como todos los días, hice la misma rutina de siempre. En automático, con cada
paso sin darle importancia, como todos los días, una y otra vez. De fondo podía
escuchar las noticias, la cafetera, el camión que pasa frente a mi casa. Los
mismos sonidos, todos en una constancia y armónica costumbre de siempre. Hasta
que escuché un golpe en mi puerta.
¿Quién será a estas horas de la mañana?
Me dije
extrañado. Al abrir no encontré a nadie. Volteé para ambos lados buscando un niño o algún fulano que quisiera pasarse
de vivo. Pero no pude ver a nadie, cerré rápidamente la puerta.
Mirando mi
reloj pude ver que este se encontraba detenido. No marcaba el minutero y sacudí
mi brazo para hacer la práctica de que este se volviera activar. Y no fue así.
No sabía que horas eran. Fui al televisor para ver la hora en la pestaña del
noticiero y este no se encontraba. Pareciera que era el único día que se les ocurrió
no poner la hora. Me comenzaba invadir la desesperación. No saber la hora me llegaba la ansiedad de que ya se me había echo tarde para ir atrabajar.
De nuevo
escuché el golpe en la puerta. Pero esta vez grité enérgico imponiendo mi
desesperación.
¡¿QUÉ QUIEREN?!
Les dije. Y no escuché ninguna respuesta. De nuevo
fui a la puerta y al abrir ocurrió la misma situación. Nadie se encontraba.
Esta vez salí a la calle y no pude ver a nadie por ningún lado. Y de nuevo se escuchó otro
golpe, pero esta vez, era a dentro de mi casa.
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